La Inversión Activa y la Inversión Pasiva representan dos filosofías opuestas sobre cómo abordar los mercados financieros. La primera busca superar al mercado mediante análisis constante, compras y ventas frecuentes y decisiones tácticas; la segunda busca replicar el rendimiento del mercado con una cartera diversificada y mínima intervención.
La diferencia no es solo de estilo, sino de resultados: estudios muestran que entre el 80% y el 90% de los gestores activos no logran superar consistentemente a los índices después de descontar comisiones, lo que ha impulsado el crecimiento explosivo de los fondos indexados en las últimas décadas.